Por Patricio Falabella para Multimedios Prisma“
El trabajo es la fuente de toda riqueza y de toda cultura y como el trabajo útil sólo es posible dentro de la sociedad y a través de ella, el futuro íntegro del trabajo pertenece por igual derecho a todos los miembros de la sociedad”
Simplificada la crisis del campo podemos decir que el problema entre el sector y el gobierno fue una corriente diferencia de intereses mal canalizados y peor negociados donde la falta de un dialogo racionalidad llevó a sus dirigentes a un extremo peligrosamente innecesario, pero desde otra óptica esta crisis exacerbó duras connotaciones raciales e ideológicas sobre el modelo preferencial de construcción de país en el siglo XXI. La radicalización de la protesta rural y los cacerolazos pusieron en un jaque súbito al gobierno de la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, pero esta reacción opositora responde más a cuestiones de misoginia social e interpretación ideológica sobre la redefinición actual del papel del Estado en la economía que a las medidas concretas (aumento de las retenciones) del gobierno.
Los agitados tres meses que lleva la Presidenta Cristina Fernández Kirchner en el poder acabaron por convulsionarse con la noticia del aumento de las retenciones que el gobierno le aplica al sector agropecuario. El estallido de la crisis del campo se fue desnaturalizando y a la puja corriente de intereses se le fueron añadiendo distintas y complejas connotaciones. Después del 11 de marzo, cuando se anunciaron las polémicas medidas, el conflicto que en ese momento cobró una dimensión mediática y nacional fue el mismo conflicto inherente al modelo económico de los últimos cinco años. Las preguntas son obvias, ¿porque tanta vehemencia en el reclamo?, y como se explican las primeras adhesiones de las cacerolas porteñas?. Fue el aumento de las retenciones una medida impopular que venía resistiendo todo la sociedad?, que irritó más del primer discurso presidencial, la denominación “piquete de la abundancia” o la categórica frase “no me voy a dejar extorsionar”.
Tanto el piquete rural como las cacerolas no responden ni a la resistencias de una medida impopular ni a la dureza de un discurso presidencial, podríamos preguntarnos si la misma situación de conflicto y el mismo discurso era protagonizado por el ex presidente Néstor Kirchner, la reacción del campo y de las cacerolas porteñas hubiera sido la misma?; Quizá la explicación de fondo debemos buscarla en la misoginia social, que a una mujer no le tiemble el pulso para aumentar las retenciones al sector económico más importante del país, ni tampoco le falte la voz para sostener la medida, puede tornarse insoportable e inadmisible para una sociedad que siente aversión a la participación de las mujeres en el poder; Con distintos matices ejemplos de esta índole encontramos en Chile con Michel Bachelet y en la Nicaragua de los noventas con Violeta Chamorro, también es conocido el amor que despertó Evita en los sectores populares, pero también es conocido el odio visceral de las clases medias y altas que puede resumirse en el triste graffiti que decía “viva el cáncer”.
Pero volviendo a la naturaleza del conflicto que escapa a los últimos veinte días de marzo, lo que está en juego en este proceso de revisión del consenso de Washington es la redefinición del papel del Estado en la economía, en otras palabras, el modelo de país que queremos para el futuro.Después de la infructuosa experiencia de las políticas neo liberales de los años 90, que arremetieron asaltando los despojos del Estado de bienestar y sumergieron en la debacle de la pobreza y la indigencia a toda la sociedad, la visión mercado céntrica del Estado Liberal no ha muerto ideológicamente y resurge siempre luego del reestablecimiento de cada crisis que ella misma provoca. Así puedo verse en la crisis de 1930 que la mano invisible que operaba en la visión de mercado de Adam Smith no era capaz de sostener en forma equilibrada a una sociedad en su conjunto, dando lugar a los postulados de Keynes donde el papel del Estado no fue desarticular la economía sino optimizar su funcionamiento, pero luego de este reordenamiento económico y social las criticas al Estado de Bienestar no se hicieron esperar y ya en los años 40 autores como Friedrich Hayek se irán consolidando como los padres ideólogos del neo liberalismo que comenzaba a pregonar el retorno de un modelo que ya había fracasado.
La crisis de los años 70 permitió el resurgimiento de la ideología neo liberal, haciéndose presente con toda su fuerza devastadora en los procesos de reformas del Estado que se implementaron en los años 90. Este contexto de emergencia permitió el surgimiento en Latinoamérica de gobiernos llamados de izquierda democrática o nacionales populares que asumieron la ardua misión de restablecer la legitimidad de la política a través de un nuevo patrón de distribución de la riqueza, asumiendo la inclusión social como política de Estado a través de la inversión en la educación y la generación de trabajo formal; En este proceso de revisión del consenso de Washington no es de extrañar el resurgimiento de la ideología neo liberal, esta visión detractora de cualquier intervención estatal en la economía y que cree en el mercado como única fuerza con capacidad de administrar de manera eficiente los bienes y los recursos de una sociedad, ha vuelto para darle batalla a este gobierno y a la conformación de Estado con inclusión y justicia social, el problema no son el aumento de las retenciones sino las retenciones mismas. Lo que está en disputa es el tipo de Estado que queremos construir de cara al futuro y es menester defender la función de un Estado capaz de intervenir en los designios del mercado, si queremos una distribución equitativa de la riqueza, un modelo económico con inclusión social, tenemos que proteger las decisiones de un gobierno que fue elegido por el voto popular y salvaguardarlo de las connotaciones raciales y mezquinas que fueron adquiriendo las protestas tanto de los piqueteros rurales como la de las cacerolas porteñas. La sostenida política cambiaria junto con las retenciones agropecuarias forman un mecanismo político legal de distribución de la riqueza nacional, evita distorsiones productivas en el campo y conforman la columna vertebral de una política con crecimiento económico e inclusión social.
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